Vive Villazón
Cuatro manzanas mantienen a buena parte de Villazón, pese a que la ciudad supera las 20 mil almas. Son las cuatro manzanas de comercios que se florean ofreciendo sus productos a los argentinos que llegan desde distintos lugares y por diferentes motivos. Aunque es territorio boliviano, Villazón vive –y sobre todo vende- en celeste y blanco.
Los vecinos de La Quiaca compran en Bolivia porque es dos o tres veces más barato y la mayoría de ellos cobra un plan para jefes de hogar, o changuea, o no cobra nada. Los que vienen más lejos quieren hacerse la América en algún tour de compra o equiparse de ropa coreana a menos de lo que se la consigue en el Once o en cualquier plaza de ciudad donde se expendan productos de segunda línea.
La aduana camino a Villazón es algo más enérgica que la que se encuentra en la frontera con Paraguay o Brasil. Al menos aquí piden la documentación pertinente y hacen como que requisan a los transeúntes. Será cuestión de cumplir y cruzar, caminando, a pesar de la altura, pero no vale la pena llevar el automóvil por unas pocas cuadras de recorrido.
Ya estamos en Villazón. Un mapa de Bolivia pintado en una pared, las vestimentas tradicionales de sus habitantes y un paseo comercial de varias cuadras así lo delatan. Sin embargo, desde algún parlante gritón suena folklore argentino y la oferta de comida es la misma que la del norte argentino.
No es para menos. Los mapas se marcaron puntualmente después de cada guerra pero las regiones no han perdido sus costumbres, por más que a unas les ha tocado quedarse en un país, a otras en otro. La Puna es la Puna, sea en Bolivia, Argentina o Chile. Se parece mucho más un habitante de La Quiaca a uno de Villazón, antes que a uno de La Pampa. Sin embargo, son argentinos el quiaqueño y el pampeano, pero el boliviano no.
Es por esto que a los caprichos del mapa nadie los atiende por aquí. Lo único –y no es poco- que se hace sentir, es la merma en los precios. Un calzado de segunda línea se consigue por 15 pesos y un menú acogedor por 2.50. Una habitación doble en un hotel tres estrellas se ofrece por 35 pesos y un pantalón de jean por 12. Ningún vendedor de Villazón da los precios en moneda boliviana, certificando que la mayoría de los compradores son argentinos.
Algunos autos en Villazón contrastan con la pobreza imperante. Uno piensa que son de gente vinculada a otros negocios más productivos que el de vender calzado o naranjas en la calle. Esos autos pasan la frontera con mayor facilidad que los peatones o los visitantes de ocasión. Igualmente, pocos miran el juego ajeno, demasiado involucrados en el juego propio de comer este día.
Villazón es localidad fronteriza, influyente sobre la economía de su vecina La Quiaca, como lo podría ser Encarnación de Posadas o Ciudad del Este de Iguazú. Sin embargo, la venta se hace al modo de la Puna. No hay desesperación ni corridas, sino una enorme tranquilidad, esa que uno supone, ha de venir de las dificultades que ofrece el altiplano para vivir la vida al trotre.
Unas cuadras más allá del centro comercial de Villazón está la estación de ómnibus y también la plaza central. La ciudad parece tener algunos atractivos menores pero los tiene bien escondidos detrás de su interés verdadero: vender su mercancía a los turistas. Igualmente, está por caer el manto frío de la noche y aconsejan no averiguar tanto más cuadras arriba. Esta vez será cuestión de obedecer.
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