Vivimos en Suiza
Un periodista ambulante se encuentra a las 6 de la mañana de un martes tratando de ver más allá del techo de una carpa. Un nylon de dudosa calidad y una niebla férrea lo impiden. Al menos ha dejado de llover. Se sabe que la lluvia y las chances de acampar son viejas enemigas. Hay que secar el agua y sacar el barro colorado. Y hay que partir desde Misiones hacia Formosa.
Ha de haber pocas naciones como Argentina, en las que, para recorrer la geografía del mismo país hay que pasar por otro. Sucede -por ejemplo- que si uno quiere acceder desde Santa Cruz a Tierra del Fuego, inevitablemente tendrá que pasar por suelo chileno. Y ocurre que si uno necesita salvar los 350 kilómetros que separan Clorinda, en Formosa, de Iguazú, hay que pasar por Brasil y Paraguay.
Fatalmente al viajero se le ocurre una idea: es factible al menos prescindir de Brasil, si se intenta el cruce en balsa, atravesando el agradable, verde y profundo paisaje que ofrecen el río Paraná y el Iguazú cuando les da por mezclar sus aguas.
Mientras el alba discute con la niebla la posibilidad de aparecer, un auto cargado baja al río donde un prefecto remolón indica que la partida de la balsa está prevista para las 8.
Estamos a tiempo. Cualquiera puede pensar que el trámite en la aduana argentina no será más que eso, un trámite. Pero -ha quedado dicho infinitas veces- en la ruta las cosas no siempre son como uno las imaginó. La búsqueda de actuar ley mediante suele complicar las cosas en un país acostumbrado a que las normas se violen. Dice una empleado-jefe de aduana que es llamativo que un periodista ambulante lleve tantos cassette en su mochila para pasar de su país a otra provincia de su país, obligado a atravesar otro país.
Paraguay está a cinco minutos de balsa y a una hora de trámite aduanero, con todos los papeles en regla. Hay consultas telefónicas para un jerarca superior. “Señor, aquí un periodista quiere pasar de Argentina con destino final a Argentina con muchos cassettes de video”. Vale ser breves en función de no aburrir al lector como se aburre el que espera una hora por el pecado de querer declarar lo que legalmente lleva consigo. Lo otro es lo de menos: pagar la balsa, colaborar con dos pesos para la mantención del puerto que uno supone mal que podría estar incluido en el pago natural de impuestos, bajar el auto por una rampa peligrosa que los dos pesos que pagó parece que no alcanzan para arreglar y surcar la belleza del río.
Ahora sí, finalmente, Paraguay se aparece como el paso previo. Acaso porque los paraguayos no cobran dos pesos para mantener el puerto, la subida hacia el paso aduanero es de tosca y las cubiertas del auto patinan empecinadas en sostenerse para no caer al río. Hay tres empleados en la aduana de Puerto Franco. Escuchemos…
-Buen día, señor. ¿Podría hacer los papeles de ingreso al Paraguay como pasajero en tránsito?
-No, señor.
-¿Pero no es esta la aduana dónde se hacen los trámites de ingreso para los que han llegado en balsa?
-Sí, señor.
-¿Por qué entonces no puedo hacer el trámite?
-Porque el hombre que le hace el papel no ha llegado
-¿Y va a llegar el hombre que hace el papel?
-Va a llegar más tarde
-¿Podría esperarlo entonces?
-No, señor
-¿Por qué no podría esperarlo si es que va a llegar más tarde?
-Porque a lo mejor no le venga.
Mientras dos perros harapientos y huele-drogas miran desentendidos, el cronista que iba a evitar el paso por Foz de Iguazú y los embotellamientos de tránsito de Ciudad del Este, es enviado justamente a… Ciudad del Este, a realizar el trámite de ingreso al país. Hay unos 10 kilómetros poblados que separan la aduana del cruce de la aduana donde se hace el trámite. A esos 10 kilómetros hay que transitarlos obligadamente en forma ilega, librado cada a uno a su suerte. Pero no habrá que desesperarse, porque allí se divisa el Puente de la Amistad, el que había que evitar.
Claro, parece cerca, en efecto lo está, si no fuera que hay 20 cuadras de automóviles, camionetas, motos y colectivos atascados. Un pibe de la calle pide una coima de 5 pesos para “hacer que lo dejen pasar rápido” y una invasión de vendedores de baratijas espera que el paso se demore para poder ganar la diaria. Por fortuna, si uno se amiga con la paciencia, llega, hace el malditro trámite y puede marcharse rumbo a la capital, Asunción, para cruzar luego a Clorinda, ya con la niebla echada al olvido y el sol dominando la escena y calentando la temperatura corporal.
Cree uno, papeles en mano, que lo peor ya pasó; sin saber que está por venir. Es común que en la zona de la triple frontera, todos manejen el peso argentino, el real brasileño y el guaraní paraguayo. Pero todos a veces son algunos, o casi todos. Por ejemplo, los buenos amigos de la primera estación de peaje no aceptan plata extranjera. Y tampoco entienden razones ni buena voluntad. Habrá que volver, los metros o kilómetros que sean necesarios para conseguir guaraníes. Y luego otra vez el peaje, total, ¿qué es media hora más en un viaje de 300 días? Nadita. Ahí vamos. Ya volvemos, cuatro intentos fallidos mediante, un quinto acertado, rumbo a Asunción.
Buena autopista, eso sí. Se puede conducir con tranquilidad, casi sin detenerse. Casi. Porque ya está el primer puesto policial, el de la policía paraguaya que pide el papelito de ingreso al país que en la aduana donde se ingresa al país no dan porque el empleado no va a trabajar si es que no se le antoja. “Y aquí tiene señor”. Y gracias. Que buen viaje. Y que tenga buen día. y que no podría tener yo ya un buen día. Y a la velocidad otra vez…
Ahora sí parece que nadie se va a interponer en el viaje de 350 kilómetros que va ya por la sexta hora. Pero parece nomás. Sino que lo digan las cientos de vacas, chanchos y chivos que se cruzan por el camino. Quedó dicho: sólo es cuestión de paciencia. Hay más puestos camineros en los que detenerse. Que el cinturón, que el radar que mide la velocidad. Pasa una vaca que no entiende castellano pero tengo la necesidad de decírselo. Quizás entienda. “Vaquita, que bueno que te cruces y me hagas detener la marcha sin pedirme coima”.
Asunción está más cerca pero la autopista terminó. Hay dos peajes más que obligan a otras tantas detenciones. Paga uno en guaraníes lo que bien podría servir para mantener una carretera en Berlín y sigue luego avanzando por los baches. Al menos en el medio hay pintorescas poblaciones que mantienen un estilo español en las aceras que se aparece como seductor. Lástima que no podamos saber el nombre porque no hay carteles. Y ya no queremos parar más.
Llegamos. ¿Llegamos? A Asunción, que no es a Clorinda. Ahora vendrá un conductor gaucho que advierte que si tomamos aquel barrio cortamos el camino pero cortarán también nuestros vidrios por esa enemistad que tienen los paraguayos a los forasteros celestes y blancos. También llegará un trámite aduanero trunco porque el empleado que toma la salida del país en Paraguay, del otro lado de Ciudad del Este, en la aduana de Asunción, como su colega esteño, tampoco fue a trabajar. Y sobrevendrá un paso más light por la frontera compatriota.
Han pasado 11 horas desde aquel pensamiento en Iguazú, mirando el techo de la carpa, que invitaba a cortar camino y ahorrar tiempo. Ya estamos en Clorinda, la segunda ciudad de Formosa, mirando otra vez un techo cualquiera de pensión, sintiendo que los hermanos paraguayos no se contentan con que Perón les haya devuelto los trofeos de la Guerra de la Triple Alianza y que están dispuestos a seguir cobrándonos aquella invasión a cualquier precio. Aquí se rinde un soldado. Hasta mañana.
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