Vivir a los ponchazos
Como la Doña Soledad de Zitarrosa, esta mayúscula Señora también tuvo que ir a trabajar antes de ser mujer. Como la Chavela Vargas versión Sabina, ella tiene el pelo de plata y la carne morena. Como la mujer que es, Aldacira Flores de Andrada, todo el tiempo teje ponchos y mucho tiempo teje modos para vivir una vida que nunca le fue tan sencilla como ella misma sí lo es.
Tinogasta no es demasiado grande. O no tan grande como Aldacira. Por eso algunos no conocen Tinogasta, pero sí a la señora del poncho, la que no se discute ni se le discute, la que a los 83 está inquieta como una moza antes del baile, tejiendo y contando su vida, que ha sido casi tejer.
Aldacira no tiene puesta la dirección en la puerta de su casa antigua, esa que “cuando era una niña salvó que la rematen vendiendo los ponchos que había aprendido a tejer”, como una manera de iniciar lo que nunca iría a concluir: la vida tejiendo. Pero es que no se necesita ponerle nombre a una calle ni número a una casa si allí vive quien todo el mundo sabe que vive.
Y la vida, es una esperanza desde la voz de Aldacira; pero también una queja, como la de cualquiera que ha perdido dos hijos, o que tiene que lidiar con revendedores que se quieren llevar los mejores ponchos de Catamarca a precios insignificantes. Por eso hay que defenderse, abrazarse a la dignidad y decirles “señores, ustedes vendan como saben que yo se como vendo”.
¿Y cómo vende Aldacira? Vende en los festivales desde hace 50 años, viajando por todo el país con sus tapices y sus ponchos de vicuña, de oveja, de llama. Vende en Los Antiguos, en Santa Cruz, donde vive uno de sus hijos. O le vende al señor que ya interrumpe la conversación para llevar un encargo a Chilecito.
Vende porque sabe lo que hace y porque nunca lo deja de hacer. “No tenemos vacaciones, si paramos, sonamos”, cuenta con su voz finita, en un ambiente familiar que ni se parece a un negocio. Y no lo es. Porque los ponchos de Aldacira no se negocian, sino se venden desde adentro de sus manos tejedoras hasta donde tengan que llegar, lo más cerca del alma posible.
Aldacira contagia ese espíritu en un ratito. Es contagiosa la tejedora mayor de Catamarca porque le ha contagiado a su hija y a su nieto la pasión por tejer. Tienen un telar que de troncos que ellas mismas han ido a buscar y han puesto en pie “porque en esta casa no hay hombres, sabe”, aclara sin lamentarse, aunque mientras desovilla extraña siempre a Don Andrada.
Y a propósito de él, se jacta –aún cuando se acompañaron una vida- de “no haberme dejado mantener nunca, porque siempre trabajé”. Y Aldacira, la artesana, la trabajadora, la obrera de la lana, sabe que con trabajo se arma un país. Y se queja de los que a nombre del trabajo lo desarman.
“Ahora hasta los bichitos han vendido”, dice por las cabras. “No sé que tiene en la cabeza la gente”, rezonga porque la desesperación lleva a los campesinos a vender la lana a precios insignificantes a los grandes acopiadores y ellos tienen que pagarla en la reventa, a un precio inaccesible.
No se queda quieta Aldacira. 30 años menos parece su vitalidad y 30 años más su sabiduría. Ya muestra su telar, ya enseña a teñir la lana con cáscara de quebracho negro y cebolla. Ya atiende a un hijo que le quiere dar besos por teléfono, ya regaña a una nieta que ha dejado un rato de tejer, algo que ella jamás haría.
Es que Aldacira Flores de Andrada está preparándose para desfilar en la próxima Fiesta del Poncho en Catamarca, quiere vender porque con la jubilación no alcanza, pero quiere desfilar con los artesanos porque con el cariño sobra. Y quiere que los visitantes no se vayan nunca. Y los visitantes tampoco la quieren dejar.
Entonces estira la charla. Le brota el orgullo cuando recuerda y su origen y su prolongación en sus bisnietos. Apura otro mate bien dulce, convida de su dulce casero y otra vez, como todos los días, recuerda con su andar que si es que hay muchas Aldaciras en el camino, vale la pena seguir andando. Vayamos a buscarlas o encontrémoslas en una zamba, de las varias que le han escrito. Es imprescindible.
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