Vivir con nada
Cuando la polvareda se decide a correrse a un lado se puede divisar San Isidro, un caserío de 300 habitantes 50 kilómetros antes de Goya, sobre la ruta 12, la que une las dos ciudades más importantes de Corrientes.
Así como Santa Fe queda frente a la capital entrerriana y Goya frente a Reconquista, San Isidro está al otro lado de Romang, con el Paraná como mediador.
La leña se huele en el aire tibio y Pedro, el hombre que atiende el boliche que está sobre la ruta, aguarda poder contar las cosas que hace tiempo le vienen percudiendo el cuerpo y la mente.
La señora de Pedro ya sirve los ñoquis caseros que amasó con el corazón. La mamá de Pedro, que vio vencer sus propias manos cortando tabaco para otros, corretea con las dos hijas del anfitrión.
María y Rosa, ojos grandes, sonrisa permanente, tienen un diente de yacaré sobre el pecho. Pedro está seguro que así nadie las va a ojear y no hay cómo contradecirlo porque la leyenda y Corrientes son casi la misma cosa. Es más, cuando María llegaba a los cuatro años y todavía no hablaba, la mamá de Pedro ni pensó que podía estar celosa de su hermana. La abuela sacó de los libros de receta de mitos y creencias el mejor remedio para que aprenda hablar: le dio de comer loro y calandria asados hasta que la mocita –al decir de la mamá- “empezó a hablar hasta por los codos”.
Los ñoquis de Pedro Gregorio García se enfrían a pesar del calor del ambiente porque varios camioneros han parado a comer de su mesa bien servida y hay que atenderlos. En la ciudad, el kilo de carne oscila entre los 7 y los 10 pesos, pero Pedro lo ha conseguido más barato. “La gente de la zona carnea y lo vende a 3.50 o 4 pesos. Nosotros nos abastecemos aquí. De otro modo no se puede”.
Es una siesta tan caliente que ni la Solapa se anima a escaparse de un cuento infantil para venir a esta porción del olvido. San Isidro tiene 250 habitantes pobres y un par de estancieros –casi una constante en Corrientes- que son los dueños de casi todo. Casi, porque los Figueroa, una familia del lugar, hornea el pan en una cocina a leña que ellos mismos edificaron y Pedro tiene su boliche rutero.
En San Isidro no es posible enfermarse otro día que no sea miércoles o jueves. Sólo entonces viene un médico de Goya, apenas un rato, para ver si los pibes están bien. Por eso Pedro, un día de arrebato, se enteró que venía Kirchner a Corrientes, se abrió paso con su cuerpo grueso lo más cerca del palco y le entregó al presidente una carta. “Le pedí que nos mande una ambulancia”, cuenta sonriente.
Pedro se jacta de haber conseguido a prepotencia pura que llegara el agua potable hasta esa zona. Debajo de la provincia de Corrientes circula el acuífero guaraní. Es la reserva de agua dulce más grande del mundo, sin embargo, muchos pueblos de Corrientes no tienen agua potable, en el país de las paradojas. San Isidro ahora bebe y hasta ve por las noches porque llegó la luz eléctrica. Esto fue hace nada de tiempo, en un lugar donde las pocas personas que llegan, a dar clases en las escuelas, a proveer de materia prima, dan vueltas sincronizadas como agujas de un reloj que se empeña en repetir su aburrida e inmodificable historia.
La única calle con nombre en San Isidro se llama Julián Urquijo, en homenaje a un estanciero fundador. Por esa calle, Pedro nos conduce a la escuela donde él sí pudo estudiar, a diferencia de su madre que es analfabeta. “El estanciero quiere que uno no estudie, para que no haga ninguna pregunta y siga trabajando la tierra para ellos”, piensa el dueño del boliche que tiene al Gauchito Gil de protector.
En la escuela donde van las hijas de Pedro hay unos talleres de carpintería y otros de costura para que los pibes aprendan un oficio que les ayude a torcer una pobreza encarnada. Una maestra tiene un recibo de 212 pesos de básico que le paga el gobierno para que viaje 100 kilómetros todos los días a enseñar que esto no se hace. La mitad del sueldo ella lo paga en pasajes y la mitad de su vida la deja allí; pero no piensa en renunciar. En San Isidro, en realidad, nadie piensa en renunciar quizás porque no saben irse, acaso porque no hay a qué presentar la renuncia.
Cuando cae la tarde, Pedro espera otra vez en su boliche, mira para abajo y se atreve a soñar “que mis hijas se vayan a estudiar a otra parte pero que vuelvan un día, porque no tenemos ni médico, ni abogado, ni maestra del lugar. Ningún hijo de pobre puede ser más que policía”, dice. Sus nenas balbucean un saludo en guaraní y la mamá de Pedro se levanta de la siesta. Es una manera de decir, porque el periodista ambulante se va de San Isidro con la idea de que nadie allí se levanta nunca.
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