Y encima tiene vino
Mendoza es la más europea de las ciudades argentinas. Las arboledas mendocinas son las más lindas arboledas argentinas. El Parque San Martín de Mendoza es el parque más bonito y más cuidado del país. Las veredas anchas y las calles oxigenadas con automovilistas que nunca van apurados son un recreo para el espíritu. La Cordillera siempre espiando desde el fondo es un regocijo visual.
Dicen los folletos de turismo que en el 2004, unos 880 millones de pesos quedaron por este pago tan sólo por lo que gastaron los turistas. Y si cada uno que vino aquí recomendó a Mendoza es probable que este año, cuando pasen por tesorería, los mendocinos recojan mucho más que esa cifra, porque entre los visitantes argentinos y los forasteros chilenos que llegan favorecidos por el cambio, Mendoza ocupa camas que se cuentan por miles.
Hace más de 400 años esta ciudad fue destruida por un terremoto que además, le diezmó en buen grado la población. Y se nota al caminarla que de aquel Ente de la Reconstrucción no participaron Reutemann y su ballet. Puede que aquella tragedia haya contribuido para que la nueva ciudad se erigiera con un estilo diferente al clásico español de las viejas capitales argentinas. Y después, el sistema de riego por canales la convirtió en el polo de atracción mayor del oeste argentino.
Hoy ya no se separan más que por mapas antiguos la capital Mendocina y sus tentáculos: Godoy Cruz, Maipú, San Martín, Junín, Rivadavia, Luján de Cuyo. Entre todas conforman un conglomerado urbano uniforme que ha superado con creces el millón de habitantes, hijos de las viñas antes, del turismo ahora sin que esto implique la desaparición de la economía primaria, y de una infraestructura fenomenal.
Como buena ciudad gigante, Mendoza ha debido flexibilizar sus horarios y adecuarlos al de grandes centros urbanos. O sea, sus comercios no duermen la siesta como antes y las noches son prolongadas, al menos los fines de semana, aún a pesar del invierno que contribuye para que la hojarasca amarilla le de otro toque de belleza rondando los pisos del centro. La familia en el centro y los más jóvenes en los boliches que llevan sus ruidos a los cerros, un clásico mendocino.
Justamente allí, camino del furor, se encuentran los barrios “independentistas”, como Dalvian, un Beberly Hills a la cuyana que está literalmente amurallado, con cinco accesos en los que se solicita “pasaporte” desde unas garitas poco simpáticas que sirven para aislar a los más ricos de la pobreza de la que suelen ser tan responsables. Dalvian tiene transporte propio, servicios propios, vida propia. ¿Cómo será la vida de los pibes de Dalvian del otro lado del muro?
El arco que la provincia le compró al gobierno turco en 1907 para enmarcar la entrada al Parque San Martín es un poroto al lado de Dalvian. También lo son las plazas de las colectividades española o francesa, que emulan aquellos lugares lejanos con réplicas de monumentos incluidas. Nada se compara con Dalvian, donde –aún cuando uno no tiene la correspondiente autorización para ingresar- se intuye que hace un poquito más de frío que aquí, entre la gente de la barriada.
Esta es la Mendoza que se ofrece para mirar por la superficie. Se parece a una ciudad europea pero es Argentina, de modo que habrá que bucear debajo de los programas de turismo o remover entre las ropas de los changarines de la estación de ómnibus o de los cosecheros de la uva para encontrar costados más latinoamericanos. Los habrá seguramente. Y en eso andaremos unos días por aquí.
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