“Y TU CABEZA ESTÁ LLENA DE RATAS…”
¿Qué hombre no fantaseó alguna vez con acostarse con su joven y atractiva socia? ¿Qué mujer no comparó alguna vez a su marido con el de su mejor amiga? ¿Quién no se dio cuenta de que Argentina no era tan mala como pensaba, una vez que ya había emigrado al primer mundo? ¿Quién no se casó para hacerse cargo de un embarazo no deseado? ¿Quién no relegó otros aspectos de su vida en pos de hacer una excelente carrera profesional? ¿Quién no se hizo los ratones con la hermanita de un amigo? ¿Quién no se enamoró alguna vez de alguien que le trajo más problemas que momentos de felicidad? ¿Quién no se sintió alguna vez avergonzado de su familia? ¿Quién no deseó alguna vez olvidar su pasado?
Casi todos nos debemos sentir identificados con algunas de estas preguntas… y éste es el cometido más grande de la apuesta de Canal 9 en el horario central de la noche: una tira mucho más verosímil a las que estamos acostumbrados a ver, con personajes y actuaciones tan naturales que parecen reales y con historias que muchos conocemos de cerca. Una ficción que reconstruye las vivencias, sueños, temores, expectativas y frustraciones de una generación y de una determinada clase social, y pone en escena la crisis de los 30, cuando se empieza a tomar conciencia de que “el tiempo no para”.
ROMPIENDO CÁNONES
Resulta complejo encasillar a “El tiempo no para” en un género. Por su contenido dramático y el hecho de ser emitido todos los días, pareciera compartir ciertos rasgos del melodrama o telenovela; pero, a su vez, la contundencia y la complejidad de cada uno de sus capítulos y la velocidad con la que avanza, lo acerca un poco más al formato de los unitarios. En este sentido, Esther Feldman, encargada de la coordinación autoral junto a Alejandro Maci, aclara en una entrevista en www.losguionistas.com.ar: “Estructuralmente, armamos cada capítulo como unitario, respetando algunas cosas de las tiras para mantenernos en el género, pero cuidando el tema de la repetición. Lo cierto es que aunque cuentes algo en 13 o 100 episodios hay tiempos dramáticos que tenés que cuidar. En el caso de un ciclo diario puede que las relaciones avancen más lentamente, pero estamos pendientes de que, más allá del cuento central, en cada capítulo algo empiece y termine. Es la mejor forma de eludir esa sensación de que nunca pasa nada que a veces pueden transmitir las tiras”.
“El tiempo no para” rompe con algunos supuestos del género, como por ejemplo el hecho de que no existe una pareja estelar, sino que los protagonistas son ocho amigos treintañeros que vuelven a reencontrarse después de varios años, a raíz de un hecho muy doloroso: el suicidio de uno de los integrantes del grupo, Martín. A partir de ese momento, una serie de cartas comienzan a revelar secretos que todos creían enterrados en el pasado. A la manera de los unitarios, cada capítulo intenta contar una historia. Así fue como descubrimos que el padre de Lola y Pablo vive, que Julia había abortado, que Valeria se casó apremiada por su embarazo, pero que en realidad estaba enamorada de Bruno y cada una de las vidas de los personajes.
INTERTEXTUALIDADES
Por otra parte, esta tira -escrita por Javier Van de Couter, Constanza Novick y Alejandro Quesada- pone en pantalla un trabajo estético pocas veces visto en la televisión argentina: un diálogo permanente con el cine. Por momentos, se puede escuchar la banda sonora de películas como “21 gramos”; por otros, entre las escenas diarias, se puede leer entre líneas citas de films como “La comunidad”, de Alex de la Iglesia o “Todo sobre mi madre”, de Pedro Almodóvar. En este sentido, las escenas de sexo gay, muy bien trabajadas y actuadas por Walter Quirós y Ludovico Di Santo, nos remiten al tan controvertido film hollywoodense “Secreto en la montaña”. En este aspecto, “El tiempo no para” se adjudica otro acierto: tratar a los personajes homosexuales como el resto de los protagonistas, con las mismas dudas y expectativas que un heterosexual. Cosa que no sucede muy a menudo en nuestra pantalla que, en todo caso, se encarga de ridiculizar al gay o de mostrarlo como algo grotesco o anormal –Florencia de la V encarna a la perfección este estereotipo.
En este diálogo que mencionamos con el séptimo arte, podemos rescatar, por ejemplo, el capítulo en el que el grupo de amigos encuentra la herencia de su amigo Martín. Las imágenes mostraban unos rostros completamente excitados, provocados por el hecho de descubrir que se habían vuelto millonarios. Esta ambición desembocó en el “accidente” en el cual muere Florencia, la hermana del amigo difunto quien, por ley, era la única y legítima heredera. Esta escena es una cita –inconsciente o no, no nos interesa discutir ese punto- del increíble film de Alex de la Iglesia. Los gestos, los planos, la música ayudaban a construir el vértigo y la ambición que generaba la posibilidad de saberse millonarios; tema, brillantemente tratado, de manera sarcástica, en “La Comunidad”.
DOS ÉXITOS DE LA FICCIÓN
Pero no son sólo las estrategias retóricas y estéticas las que forjan el éxito de esta ficción, sino también la astucia de saber elegir el horario más conveniente para no tener que enfrentar directamente al monstruo de “Montecristo”, con quien comparte una fracción de su televidencia. “El tiempo no para” emitió sus primeros capítulos a las 23 hs, pero cuando arrancó la telenovela de Echarri –que ha atrapado al país entero- comenzó una oscilación errante por diferentes horarios, hasta establecerse en el de las 22:15. De esta manera, la producción de Underground Contenidos (Ortega-Culell) para Canal 9 especula con la posibilidad de atrapar al público media hora antes de que empiece su rival. Si bien se trata de dos formatos muy diferentes, no sólo por su contenido, sino también por sus diálogos, escenas y actuaciones, ambos apuntan al público adulto de la noche, con lo cual superponerse no beneficiaría a ninguno de los dos. Si bien “Montecristo” da cuenta de una super-producción y cuenta con actuaciones dignas de un Martín Fierro, como Roberto Carnaghi, Virginia Lago, y Oscar Ferreyro, el fuerte de la tira de Canal 9 radica en contar historias menos increíbles, menos deslumbrantes, menos telenovelescas si se quiere, pero que, por eso mismo le dan una verosimilitud inigualable, ya que todos, alguna vez, hemos o h(abr)emos vivido en carne propia la sensación de que “el tiempo no para”.
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