Y UN DÍA VOLVIÓ BERTOLUCCI
Se dice que la decadencia veneciana culminó, en 1797, con la llegada de Napoleón Bonaparte, y la posterior entrega al imperio austríaco. Pero no iban a tardar en surgir focos de rebeldía entre los locales, que se unieron en 1848 a los movimientos que se levantaron contra el orden establecido en Europa. Sólo 120 años pasaron entre aquella rebeldía y la que rodea a los protagonistas de Los soñadores, el nuevo filme del italiano Bernardo Bertolucci. El director de Novecento se centra en los fervores del Mayo Francés, en forma lateral. Su centro son las desventuras de dos mellizos franceses y un estudiante norteamericano que se conocen en París durante las manifestaciones que tuvieron lugar en la Cinemateca tras el despido de su director, Henri Langlois.
Un “homenaje” al cine de sus años mozos, repleto de citas directas e indirectas a filmes de Godard y Truffaut (es una cruza de Jules & Jim con Asalto frustrado), así como a clásicos westerns, melodramas y filmes de Fuller, Ray y Buñuel, Bertolucci cuenta la historia de estos tres cinéfilos que, mientras París empieza a hervir, pasan unas semanas en una gran casa despertando a varios placeres sensuales: el sexo, la bebida, el amor, la pérdida y, finalmente, la revolución. Acaso en un tono algo didáctico —se lo ve como buscando a un público joven—, Bertolucci entrega un relato ágil, nervioso, como si tuviera 30 años menos de los que tiene en realidad.
Michael Pitt es Matthew, el tímido norteamericano que discute sobre Keaton y Chaplin, pero no quiere saber nada con Mao ni el uso de la violencia. Eva Green (candidata segura a convertirse en chica de tapa en los próximos meses) y Louis Garrel (el hijo del cineasta Philippe Garrel) son los hermanos que, cuando los padres millonarios se van de viaje, toman la casa para experimentar. Ella se pasea desnuda, hace el amor con Matthew, se pelea con su hermano (con quien tiene una relación íntima), y mientras suenan discos de Doors, Joplin y Hendrix imitan escenas de Asalto, y despiertan de su letargo cuando las calles los llaman a unirse a algo más grande.
Bertolucci vuelve a llamar la atención por las escenas de sexo, claro, en un filme que puede verse como pariente menor de Ultimo tango en París. Tal vez la expectativa haya sido demasiada y el filme deje gusto a poco, pero ese “poco” es mejor que gran parte de lo que se ve aquí.
Otra leve decepción fue el filme de Hong Kong, Floating Landscape, de Carol Lai, que sigue la tradición de películas románticas y naives que acostumbra a entregar el cine asiático. Este filme romántico entre un cartero y una chica que no puede olvidar a su novio fallecido es agradable y tierno, pero no escapa de la probada fórmula asiática: amores tímidos que tardan en concretarse, pianos que acompañan largas caminatas, paisajes de libros infantiles y ternura que bordea el sentimentalismo. Nada nuevo tampoco.
Quedaba por ver si el maestro Takeshi Kitano estaba a la altura de su fama y levantaba la puntería con Zatoichi, en la que toma un personaje clásico de un serial de samurais de los ”60 (un masajista ciego invencible con la espada) que marca su primer trabajo en una película de época. Y lo logró con creces, en una función que se transformó en una fiesta de aplausos, risas y hasta coros que marcaron el opuesto absoluto de la que había tenido lugar el día anterior con Imagining Argentina.
Un Kitano teñido de rubio interpreta a este masajista que es también un “ronin” (samurai sin amo) que circula por el Japón del siglo XIX. Tras una larga serie de sucesos termina defendiendo a dos “geishas” y enfrentando a una poderosa banda de extorsionadores. No es ni más ni menos que un impactante western (diríamos “eastern”), a la manera de los de Clint Eastwood, pero con los habituales toques del realizador de Sonatina: aquí hay más minutos para ver en qué matan su tiempo libre los guerreros que para las brutales peleas (que así como llegan se van), hay apuntes de enrarecido musical que envidiaría Lars von Trier, y los típicos pasos de comedia del cine del japonés. La sangrienta media hora final (una serie de peleas y de bailes montados en paralelo como los de El Padrino) es lo mejor que se vio en la Mostra hasta el momento, un brillante ejemplo de cine festivo (y no “festivalero”).
Otras actividades de la Mostra incluyeron el León de Oro a la carrera para el octogenario y mítico productor italiano Dino De Laurentiis, cuya carrera se extiende desde Arroz amargo (1949) hasta la gigantesca y esperada Alejandro Magno, que filmará Baz Luhrmann con Leonardo DiCaprio. “Cada película es como un hijo”, dijo el siempre pintoresco productor, pero agregó que entre sus más de cien producciones (entre ellas, Europa 51, La Strada, La guerra y la paz, El huevo de la serpiente o Hannibal) guarda un lugar especial en su corazón para… Serpico. “Con esa gran película me convencí de que también podía ser un productor de Hollywood”, explicó.
En los dos diarios sobre el festival que recogen opiniones de los críticos, Imagining Argentina, como era de prever, corre último y cómodo. En Film Daily ninguna había recibido una calificación de cero puntos. La de Hampton tuvo tres ceros, más seis críticos que le dieron un punto, en la lista que encabeza el filme de Tsai Ming-liang, Goodbye Dragon Inn, seguida por la de Manoel de Oliveira. El otro diario (Ciak in Mostra) califica con estrellitas y siete críticos le dieron una sola (otros dos le dieron dos). Aquí también lidera Tsai. En cambio, el filme de Daniel Rosenfeld promedia arriba de 6 en su muy dura Controcorrente, que tiene los mejores promedios de la Mostra: los filmes de Sofia Coppola y Lars von Trier, arriba de 7.
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