¿Yo?, argentino
Rubios, casi colorados, de ojos grandes y azules, llegaron los primeros galeses al actual emplazamiento de Puerto Madryn, huyendo de la opresión británica, a poblar un desierto que el roquismo había dejado vacío a bala de Winchester. Morochos, casi café con leche, de ojos más bien rasgados y marrones, esperaban los tehuelches sobrevivientes de la matanza, mirando hacia la costa.
Los galeses y los tehuelches hicieron enseguida buenas migas. Intercambiaron criaturas recién nacidas en señal de amistad. Después comerciaron y convivieron. Unos llegaban con la tierra dada por el gobierno argentino que en adelante no les daría mucho más. Los otros sobrevivían en escaso número por ese mismo gobierno, que había intentado aniquilarlos bajo la excusa de la conquista.
Algunos gringos se quedaron cerca del mar. Unos años después, otros, cruzaron siguiendo la huella tehuelche rumbo a la Cordillera. Se establecieron en el valle que llamaron 16 de octubre y empezaron a sentirse “argentinos”. Los gringos aprendieron a montar, a tomar mate y a comer asado. Hasta que en 1902, en este lugar aislado, cerca de Trevelin, pegado a la historia, escribieron su página mejor.
El sitio ahora es una casona vieja con techo de tejuelas de madera y amplias referencias históricas plantadas en los alrededores. Por entonces era una escuela rural con paredes de caña y barro. Argentina y Chile litigaban los límites y todo se iba a dirimir con un árbitro inglés. El Perito Moreno era el delegado argentino y los trasandinos tenían el suyo. No estaba claro qué iría a suceder, hasta que al británico algo lo sorprendió.
Los tehuelches –incluso después de tanta muerte- y los galeses los aguardaron con la bandera argentina y les hicieron saber a los visitantes la voluntad de ser de este lado de la tierra. Con ese gesto, la Patagonia fue para siempre celeste y blanca, aunque ahora otros forasteros la anden comprando de a pedacitos, aunque el matador Roca sea busto de los colegios, aunque los tehuelches nunca hayan sido resarcidos.
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