“YO EMPECÉ COMO PERIODISTA DE CASUALIDAD, EN REALIDAD DESDE CHICO QUERÍA SER FOTÓGRAFO”
¿Cómo era tu casa? ¿Cómo nació tu curiosidad por la política?
Yo escuche en mi casa hablar de política desde que tengo uso de razón. Mis viejos eran lo que hoy llamaríamos intelectuales de izquierda de los ‘60s, psicoanalistas ambos, militantes de distintos sectores de la izquierda provenientes de la clase media argentina. Mi madre una vez me contó el susto que se llevó una noche cuando yo tenía siete u ocho años y yo la llamé porque no me podía dormir. Entonces ella vino a la cama y le pregunté cual era la diferencia entre comunismo y socialismo, y dice que tuvo problemas para explicarmelo; bueno grandes teóricos han tenido el mismo inconveniente (risas).
Sobre tu viejo hablas en el libro “La voluntad”, donde mencionas una carta de Perón a tu papá.
En realidad mis viejos aparecen en la voluntad antes de aquella carta, en un capitulito muy cortito que cuenta una noche rara en la Habana, en la cual Fidel Castro los va a ver a la habitación del hotel donde estaban, pero es una historia larga. Mi viejo había sido compañero de facultad de Guevara, cuando Ernesto estudiaba medicina en Buenos Aires. En esa época no habían sido muy amigos porque los militantes del partido comunista de la facultad despreciaban a Guevara, ya que lo consideraban un loquito de buena familia, un poco atolondrado. Pero después en los ‘60s mi viejo escribió un trabajo sobre un tema que a Guevara le interesaba particularmente que tenía que ver con los incentivos morales en la producción. Y en ese momento la revolución cubana estaba intentando reemplazar los incentivos materiales por los morales. Entonces mi viejo se lo mandó a Guevara y él Che lo invitó a la isla. Pero cuando llegaron a Cuba resultó que Guevara ya no estaba en el país y se quedaron sin saber que hacer. En “La voluntad” cuento esa escena en que Fidel Castro los va a ver al hotel y de alguna manera les propone participar de lo que después fue la guerrilla guevarista en la Argentina.
Y después con Perón mi viejo tenía bastante trato, porque cuando murió el Che Guevara en Bolivia ese intento guevarista en la argentina se disolvió y parte de el dio lugar a una guerrilla de izquierda peronista que se llamaba FAR. Mi viejo estuvo en el inicio de aquel movimiento, tuvo un contacto fluido con Perón y fue uno de los primeros intelectuales de izquierda que se volcaron al peronismo a finales de los ‘60s. Una vez me llevó a verlo.
¿Tenés recuerdos de haberlo visto al general?
Sí, estuve en su casa en Madrid cuando tenía doce años. Fuimos un domingo a la mañana, mi hermano y yo. Recuerdo que nos insistió que lo acompañáramos, porque yo no quería ir. En ese momento yo era un antiperonista de izquierda y pensaba que Perón era un bonapartista, que había engañado al pueblo argentino, etc, etc. Y mi viejo me decía: “Bueno puede ser, eso es discutible, pero es un personaje histórico, vale la pena que vengas”. Era la oportunidad de ver un monumento en acción. Y bueno, cedí ante ese argumento y fuimos. También recuerdo que nos atendió un señor pelado, que nos recibió los abrigos y era el mismo señor al que Perón llamaba: “Lopecito”, para que le traiga el desayuno. Y al rato llegaba López Rega con la bandeja. Pero no recuerdo lo que nos dijo Perón ese día.
Lo que queda claro es que Perón nunca te enamoró.
No, la verdad que no. Por supuesto que reconozco ciertas cosas de su política, pero admirar a un general de la nación es demasiado fuerte para mí. Y aunque no fuera un general de la nación, el hecho de que un movimiento se sintetice en una persona es sospechoso, y me da los mismo que esa persona se llame Juan Domingo Perón, o Fidel Castro o José Stalin. Yo estoy en contra de esa idea monárquica de la política , y Perón fue uno de los cultores de estas actitudes.
¿Cuándo te hiciste periodista?
Yo empecé como periodista de casualidad, en realidad desde chico quería ser fotógrafo, porque mi viejo tenía un laboratorio de aficionado en un baño de nuestra casa. A mi me gustaba mucho el laboratorio, revelar, copiar fotos, esa magia que ahora se perdió con lo digital. A mí me parecía maravilloso como una hoja en blanco gracias a los químicos se iba transformando en una foto. A los dieciséis años, gracias a un amigo de mi madre, me ofrecieron formarme como fotógrafo en un diario que recién abría, aquel matutino se llamaba “Noticias”. Ese señor era Miguel Bonasso, el director del diario. Pero como no podían formarme en el verano porque era muy complicado me dieron a elegir si quería irme a mi casa y volver en marzo, o trabajar como cadete durante aquellos meses. Yo quería trabajar y de esta manera me convertí en el cadete del diario “Noticias”.
¿A quienes conociste siendo cadete?
Ese diario era increíble, yo no lo podía creer. El director era Bonnasso, el sub director era Paco Urondo, el jefe de redacción era Juan Gelman, el jefe de política era Horacio Verbitsky, el jefe de internacionales era Zelmar Michelini, que fue un senador del Frente Amplio que lo mataron unos años después, un tipo que yo quería mucho porque me trataba muy bien. Poco después cuando comencé a trabajar como cronista en la sección policiales mi jefe era Rodolfo Walsh. Después de tirarle mucho café encima a la gente, porque era muy torpe, me dijeron si quería escribir una notita, más o menos funcionó y me convertí en periodista.
¿Te gusta que te reconozcan como periodista o escritor?
A mi me costó muchísimo decir soy escritor, porque para mí escritor más que una descripción es como un título, una especie de calificación. Y en ese momento de verdad absoluta que es cuando uno pasa una ventanilla de migraciones, donde tenés que poner en una ficha la profesión, yo durante muchos años no puse escritor. Y desde hace tres o cuatro años dije: “Al Carajo, ya publique como 15 libros, sino lo digo ahora cuando voy a decir que soy escritor”.
Además por aquellos años aparece tu novela “Valfierno”, que fue una gran novela. ¿Cómo te encontraste con la historia de “Valfierno”?
Fue una historia que se me aparecía en bastantes lugares. A mí siempre me gustó revisar las librerías de segunda mano, para no esclavizarme a los caprichos editoriales. Y hay como un pequeño subgénero, que suele aparecer en esas bateas, donde se encuentran títulos como “Los mejores robos de la historia” o “Las grandes estafas del siglo”. Es general suelo comprar y leer estos libros porque tienen historias muy atractivas. Y lo de Valfierno me lo había encontrado en dos o tres libros de ese estilo, porque está en el ranking internacional de grandes estafas. A mí siempre me pareció tan genial el invento de Valfierno, que consistía en hacer un robo no para quedarse con el objeto sino para que se supiera que lo había hecho él y de esta manera poder hacer su verdadero delito, es decir falsificar un robo. Me parecía una ida tan extraordinaria que siempre me decía: “Algún día tendré que escribirla”. Pero lo que me pasaba, era que me parecía tan extraordinaria que dudaba de lo que le podía agregar a esta historia. Y se me volvió a cruzar esta historia cuando estaba haciendo una novela que no me salía, entonces decidí escribirla. Y resolví el desafió de que agregarle a la historia, dándole una estructura un poco más sofisticada que contarla linealmente con una estructura de rompecabezas y por otro lado inventarle una vida a Valfierno, ya que de él poco se sabe.
Pero de que era argentino si estamos seguro.
No, no hay nada. La única prueba real de la existencia de Valfierno, es un artículo que salió en una revista norteamericana en 1932, firmada por un periodista bastante conocido que cuenta que entrevistó a Valfierno y este le habría narrado la historia de cómo había robado la Gioconda para vender las copias, etc, etc.
Hace algunos días publicaste un libro titulado “El interior”. Los que conocemos tu historia y leemos tus crónicas sabemos que sos un periodista muy viajado. ¿A nuestro país no lo habías recorrido tanto?
Sí, pero una cosa es ir unos días a hacer una nota o a dar una charla y otra cosa es recorrerlo sistemáticamente, para mirar, para escuchar, para tratar de entender, que fue lo que hice con este libro.
¿Viste cosas en “El interior” que te sorprendieron realmente o nada de lo que viste es muy diferente a los que conociste en el mundo?
Yo te diría que no me sorprendí demasiado porque más o menos sabía con lo que me iba a encontrar. Pero si me asombré con datos como que en el noroeste la educación religiosa es obligatoria en las escuelas porque yo pensé que vivía en otro país. O te deslumbras mucho cuando te encontrás con puestas en escena de lo que ya sabes. Todos sabemos que es el clientelismo político pero cuando un intendente te lo cuenta con lujos de detalles, uno se queda con los ojos abiertos y suspira, concluyendo: “Ah, así era”. Porque una cosa es saber el título de la cuestión y otra cosa es verla encarnada. Y eso fue más o menos este viaje y el libro que lo coronó.
Martín, vos que fuiste militante político en los ‘70s, que estudiaste historia en la Soborna, que en los 80’ dirigiste revistas y fuiste jefe de redacción de diarios, que viajaste mucho por el mundo. Hoy a los cincuenta años ¿Te queda alguna ilusión por ver cambiar el mundo o ya no?
Sí, claro que me quedan ilusiones, pero tienen tiempos diferentes a las que tenían cuando era más joven. Quizás una de las características más fuertes de la política y la cultura de los 60’s era la inmediatez y lo inevitable de ciertos cambios. Pensábamos que se iba a imponer el socialismo en todos los lugares, junto con la justicia social y la igualdad, y que todo iba a suceder muy rápido. Y bueno, aprendimos por la vía más brutal posible que no iba a ser tan veloz el cambio. Muchos concluyeron que nunca iba a pasar, yo no lo creo, pero tampoco garantizo que ello ocurra. Pero de alguna forma el mundo cambia, yo estudié historia y si algo te enseña la historia es de que las sociedad cambian. Yo sigo creyendo que todo cambia, y sigo militando para que esos cambios sean en términos de mayor justicia e igualdad. Y sigo pensando que es estéticamente desagradable olvidar que este mundo es una mierda, tal como esta hecho, y que vale la pena hacer lo posible para que sea mejor.
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