Zona Roja
Se cuentan por cientos las patentes viejas, de las que llevaban seis números y una letra referente a cada provincia, todas incrustadas prolijamente contra una pared. Se cuentan por decenas las banderas rojas, con letras blancas, negras, amarillas, con inscripciones eternamente agradecidas, todas estratágicamente ubicadas para que el finado las vea si se levanta de su tumba. Se cuentan por miles las velas, también rojas, diseminadas por algo que se parece a un santuario, desde los desde los pies del muerto hasta crear un río de cera colorada. Se cuentan por demasiados para tan poco lugar los bares, comedores de minutas, copetines al paso, carritos vende-panchos y puestos de praliné o pochoclo.
Lo que no es leyenda es que Gil vivió; tampoco que lo mataron. Lo que sí es leyenda es que su matador fue perseguido por una desgracia, que se multiplica según pase el tiempo y según se sucedan los entrevistados y que Gil concede deseos a los que lo quieren bien.
El mito del Gauchito Gil se escapó de los correntinos para ser patrimonio de muchos argentinos que cada 8 de enero se llegan hasta Mercedes para honrarlo en su día. Está en Santa Cruz, soplando el viento de la Ruta 3 o en La Quiaca, tan alto como llegue la Ruta 9. Las ofrendas son siempre rojas porque él era un federal y para que a uno no lo persiga la mala suerte, hay que detenerse ante su tumba aunque más no sea tres minutos.
En eso andamos.
Permiso, quiero llegar hasta la tumba del Gauchito para que no me pase nada…
Pase, señor, pero compre la cintita aquí.
Permiso, permiso (ya casi estoy)
Oiga, espere, hombre, ¿no ve que la señora está ahí rezando?
Diculpe, no la ví. Pero es que, yo también quiero llegar, permiso…
Adelante señor, ¿no quiere la remera con la oración al Gauchito?
No, gracias. Sólo quiero ver la tumba de cerca. A ver…
Señor, un mate con la cara ¿del Gauchito y el escudo de River?
No, gracias, a mí no me gusta River.
Tenemos de Boca también, señor.
(casi estoy ahí)
Permiso, jefe, déjeme llegar hasta el Gauchito, corra ese pasacalle
(ahí corren el cartel que dice “visite www.gauchitogil.com”)
Ya estoy frente a la romería mayor. La imagen de Gil tiene sombrero, claro, como buen gaucho. A diferencia de otros muertos, está de pie, vestido con unas camisas amplias, blancas, bombachas negras y un poncho rojo. Tiene cara de bonachón más que de matrero. Alrededor de él se sigue vendiendo en su nombre y él no atina a sacar el facón. Nadie para esto. Es de noche, bien entrada la noche y no cesan de ofrecer. ¿Quién podrá defender al Gauchito de tanta imprudencia? ¿Lo que será cuándo llegan de todo el país inclusive a caballo?
La iglesia católica, como si adhiriera al refrán popular que dice “si no puedes con él, únete a él”, dice que respeta la fe de la gente y que, como Gil es un difunto cristiano, es lícito celebrar misas por su eterno descanso.
Hay otro altar, más modesto. Colocaron en él, entre otras cosas, una foto del Pupi Zanetti autografiada y una botella de Suc. Abel Michel Torino. Hay más placas también. Sigo adelante. Al final de la feria está otro gaucho que se parece al mismo que ví antes, pero no tanto. Lo colocaron como en un pesebre debajo de un tinglado y con una enorme superficie delante, con piso de cemento como tenían las viejas canchas de básquetbol, para que se rece a gusto y sin estrujarse con otros fieles.
Llegué. Es el sitio donde acabaron con él.
En el lugar donde mataron a Antonio Mamerto Gil Nuñez, el gaucho matrero, renegado y desertor que robaba vacas a los ricos para compartirlas con los pobres, hay un montón de pobres robándole unos pocos pesos a otros pobres que vienen a pedir el milagro de renegarse un día.
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